Negar que vivimos en una sociedad consumista seria absurdo. Mas
absurdo aún sería negar que en menor o mayor medida experimentamos
placer comprando cosas. Yo lo hago.
Gastarme
el dinero en cosas no me preocupa, soy de la opinión de que el
dinero está para eso: para gastarlo. Lo que sí me parece
preocupante es que el trasfondo del consumismo sea intentar llenar
carencias más profundas.
Por ejemplo, cuando nos invitan a una fiesta (y mas aún si sabemos
que va a estar ahí ese chico) con semanas de antelación, nos
pasamos las tardes buscando el vestido, los zapatos y el bolso
perfectos. ¿Para qué? Pensamos que si conseguimos el look
perfecto, sea cual sea su precio, triunfaremos.
Estamos
poniendo todo nuestro esfuerzo en conseguir cosas materiales,
pensando que a través de ellas conseguiremos lo que en realidad nos
importa que son cosas espirituales.
Otro
ejemplo claro, son las nuevas tecnologías. En una de las clases de
Claves del Pensamiento Actual, una compañera dijo algo en lo que
llevo reflexionando mucho tiempo: el éxito de las redes sociales
(Facebook, Twitter, Whatsapp, Skype etc.) es que sacia nuestro
egocentrismo, y en definitiva esa necesidad infantil de sentirnos
necesitados constantemente. A esta reflexión me atrevería a añadir
que lo que en realidad nos engancha de las redes sociales, cómo
puede ser el caso de Facebook, es que nos da la opción de
exhibirnos. Nos encanta exhibirnos: ¿Por qué nos preocupa tanto
salir bien en las fotos? ¿Por qué queremos compartir con todos
nuestros contactos las últimas fotos de nuestro viaje con tanta
prisa (en las que por supuesto si tenemos la suerte de lucir bien en
bikini más aún)?
En el libro “Invitación a pensar” de Jaime Nubiola, se habla de
Ikea y de su afán porque ordenes tu vida proporcionándote
mil y una maneras de hacerlo con ayuda de sus armarios o de la
ilusión de los recién casados de ojear el catalogo fantaseando de
como van a decorar su nueva casa, en definitiva su nuevo proyecto de
vida en común.
Un día mi padre me dijo -Hija, Ikea aunque parezca lo contrario
fomenta el divorcio y enfadarte con cualquier miembro de tu familia
que te acompañe a comprar algo.
Esta frase tiene mas miga de lo que en un principio puede parecer,
todos podemos imaginarnos perfectamente cómo, pongamos por ejemplo
una pareja de recién casados, deciden ir a comprar los muebles a
Ikea con una meticulosa lista donde detallan lo que necesitan.
En el segundo pasillo comienzan a discutir, y la pelea acaba tan mal
que deciden irse de la nave industrial sin comprar nada. A ambos
cónyuges, les da la impresión que aunque la discusión versase
sobre si comprar la estantería Mälm o la Shöjer en el fondo
estaban discutiendo de algo mas profundo, de algo sentimental.
En conclusión, la tesis
que defiendo es que si nos detenemos a analizar cualquier caso de
consumismo actual es fácil comprobar que aspira inutilmente a saciar
las carencias del alma.
Me atrevería a decir incluso que
acalla esa vocecita interior que a veces nos dice que algo no va bien
dentro de nosotros. Ser conscientes de esto me parece un gran paso y
en la medida en que nos escuchemos a nosotros mismos e intentemos
comprendernos, nuestra necesidad consumista menguará. Como reza un
viejo proverbio americano "Best things in life come free to us".